1812

 

El emperador está confundido, pero poco a poco su confusión amenaza con tornarse en impaciencia, y nadie quiere ver qué ocurrirá si la impaciencia se vuelve decepción. Ya ha pasado una semana desde la batalla del Moscova, donde ni siquiera tuve oportunidad de enterrar a Jean-Luc. El emperador quería llegar a Moscú cuanto antes.

Las puertas de la ciudad del zar están cerradas. No esperábamos nada menos de una ciudad que se resiste en asedio, pero esta no es una ciudad que debería resistirse en asedio. Esta es una ciudad que ya debería haber perdido la esperanza. El emperador ha decidido tomarla y al emperador no se le dice no, ni en francés ni en ruso. La delegación del gobernador ya debería habernos recibido. Quizá no esperábamos bailarines ni balalaikas, pero sí un poco de austero decoro y resignación. ¿Cañones, quizá? ¿Esperábamos voleadas? Pues no. Los pocos montones de esos retazos de campanas ortodoxas que los rusos llaman cañones se han quedado oxidándose y corroyéndose en los bancos del Moscova. Una semana en las aguas otoñales debería suficiente para hacerlos inservibles. ¿Infantería entonces? Si la ciudad en realidad no hubiera decidido rendirse, si en realidad estos villanos hubieran decidido tendernos una trampa, desgraciadamente tendrían muchos millares de campesinos a quienes darían una hoz o un martillo, tal vez un viejo mosquete, y llamarían infantería. Sería una carnicería la que la Grande Armée propiciaría con estos campesinos, pero una carnicería que nos desgastaría. El zar puede darse el lujo de invitarnos muchas de estas carnicerías, pero nosotros en cambio no tenemos con qué afilar nuestro cuchillo.

El emperador ha decidido espera una hora más ante las puertas de la ciudad. Su entorno acata la orden y los oficiales siéntanse a esperar. Es entonces cuando alguien, Murat seguramente, hacer observar que no se escucha nada.

No se escucha nada detrás de las murallas de una ciudad que, según el emperador, alberga a más de un cuarto de millón de campesinos pobres y pobremente armados.

El emperador se retuerce incómodamente. Espero que sea la silla incómoda y no un caso más de disentería.

Jean-Luc llevaba ya varios días de enfermo cuando llegamos al Moscova. La miserable aldea junto a la que luchamos tenía un nombre que, contrario a la costumbre en este maldito país, la lengua de los franceses sí podía pronunciar. Lástima que la fiebre me haya hecho segregar hasta los recuerdos. La vieja artillería rusa se oxida y se corroe en un río de sangre, sudor, lágrimas y heces.

El emperador aguarda. Es una persona impaciente, pero conocedora del valor de una promesa. Su viejo cronómetro anuncia que no han transcurrido ni diez minutos desde su anuncio. Un oficial escala con todo el decoro posible un árbol cercano y trata ver por encima de la muralla con un catalejo. El oficial pronuncia algo incomprensible, pero la perplejidad en su voz se deja oír. Murat se acerca para averiguar qué ha observado, pero el emperador permanece sentado dentro de su tienda de campaña.

Hay frío, pero no tanto, aún se le puede ignorar. Una buena capa es suficiente para protegerme, pero las buenas capas no son uno de los lujos que la mayoría de rasos ha logrado llevar consigo. Allá en Vilna, los lituanos, por lo menos los que quedan, deben estar pasando el otoño cómodamente cubiertos de pieles de los bosques de Nueva Francia.

Cuando el emperador anunció la victoria allá a orillas del Moscova, la mayoría de los soldados lanzaban gritos de júbilo, tal y como es propio de los conscriptos que no tienen más que recoger lo que a sus enemigos ya no les va a servir. Sin embargo, la mayoría de los oficiales, y la mayoría de nosotros los cirujanos de campo, vimos claramente que estos conscriptos, provenientes de todas las partes del imperio, tenían más bien poco de qué alegrarse. Los despojos de la batalla eran nuestros, sí, pero los rusos se habían asegurado de que, si ganásemos, no obtuviésemos lo que necesitábamos con tanta desesperación: víveres y ropa. El emperador es un genio, pero no un dios. Los genios son hombres y los hombres cometen errores. La Grande Armée ha dejado a su paso, desde que marchamos de Polonia, un macabro rastro de miles y miles de caballos muertos que tiraban de nuestros vagones de carga. Nuestras líneas de abastecimiento ya no existen, se han quedado atascadas en los bosques de Vilna, enterradas en medio del lodo, las heces y los despojos de los caballos que se quebraban las patas en los matorrales y en los lodazales de los bosques negros del norte.

Los soldados de la Armée son de diversas regiones del continente. Tenemos portugueses, españoles, italianos, prusianos, austriacos, polacos y sobre todo buenos hijos de Francia. Me impresiona como la voluntad del emperador ha logrado reunir bajo su mando a tantos pobres diablos germanos a pesar de las aplastantes victorias que obtuvo sobre sus reyes y emperadores. La proeza, sin embargo, parece estar volteándose en contra del emperador: desde que dejamos los bosques negros de Vilna y entramos en este maldito país, hemos dejado desparramadas incontables bandas de desertores que hanse vuelto mezquinos forajidos que se dedican al robo y al homicidio de los villanos rusos. A miles de kilómetros de sus tierras, rodeados de gente que no comprende sus lenguas bárbaras y latinas, estos bandidos son los más desgraciados de todos los pobres diablos que llenan las filas de la Armée.

El emperador masculla algo en ese francés suyo que apenas logra ocultar sus orígenes. No es una orden lo que masculla, parece ser más una maldición. Murat ha regresado a su lado. Seguramente le ha contado lo que el catalejo ha revelado.

Transcurre la hora.

El emperador envía a sus ayudantes de campo a las puertas de la ciudad. Van ligeramente armados, pues su intención es diplomática. A las pocas horas, los ayudantes regresan y revelan la atronadora noticia. Moscú está vacía.

—Mais qu’est-ce que vous me dit!? —dice menos enfadado de lo que hubiera esperado yo.

Los ayudantes están perplejos, pero el emperador ya esperaba estas nuevas. Sin miramientos, ordena a Murat que reuna a lo que queda de la caballería. Entraremos a la ciudad sin comité de bienvenida.

* * *

Pott: Napoleon's Sight on MoscowMás de un cuarto de millón de habitantes han dejado la ciudad mientras la Armée se batía en los bosques de Vilna y en los lodazales del Moscova. Se han llevado consigo todo lo que valga la pena. Jean-Luc me había dicho que la ciudad era una impresionante metrópoli de decenas de miles de almas ortodoxas que defenderían hasta la heroica y rápida muerte a su zar y a su santa madre Rusia.

Jean-Luc no podía haber estado más equivocado. La impresionante metrópoli consiste en miles chozas de madera y unos cuantos mercados hartos de ratas. La única estructura que vale la pena es el famoso Kremlin. A esa estructura no me ha sido permitido entrar. El emperador y su entorno se hospedarán allí.

Los soldados se desparraman por la ciudad en búsqueda desesperada de comida y alojamiento, pero los campesinos han sido metódicos y, sobre todo, han tenido mucho tiempo para vaciar sus propias estancias. Los edificios que aún guardan algo de valor son rápidamente despojados y ocupados.

Se cuenta que el emperador ha encontrado a unos cuantos habitantes que han sido incapaces, o se han mostrado indispuestos, a abandonar la ciudad. Sirvientes, enfermos, expatriados, son gente de poco valor táctico. La ciudad, a pesar de verse y sentirse desolada, cuenta aún con algunos residentes. El emperador rápidamente impone sanciones en contra del abuso de los residentes, pero dos meses de plagas, marchas forzadas y victorias vacías han hecho estragos en la moral de la Armée. Las escasas ciudadanas que se encuentran aún en la metrópoli son las primeras en sufrir de las ansias carnales de los soldados.

Hay frío, pero aún puede ignorarse. Los soldados cocinan el poco y precario alimento que encuentran, y aquellos que no cuentan con buenos mantos se calientan junto a las muchas fogatas que nacen en las calles. Las fogatas pronto se saldrían de control.

Yo me encontraba en una posada, a varios kilómetros del Kremlin y del emperador, cuando los fuegos me alcanzaron. Con las viejas remolachas que hallamos en la despensa y el servicio forzado de una vieja sin dientes, cuya edad y mal aliento habían salvado del ultraje, habíamos preparado una desabrida borshch que nos tendría que bastar como cena y probablemente como desayuno. Hacía varias horas desde que un penetrante olor a humo había invadido la atmósfera, pero ninguno de nosotros había visto las llamas o las columnas de humo. De pronto, un cabo entró gritando «¡Fuego! ¡Fuego en el techo!» y todos los comensales, excepto la vieja rusa, nos precipitamos a la calle. A varias cuadras de distancia, pero muchísimo más cerca de lo que hubiéramos predicho, las llamaradas se abalanzaban sobre los tejados de paja y madera. A pesar de las lluvias torrenciales que habíamos experimentado desde Polonia, el fuego avanzaba inexorablemente de techo en techo. En pocos minutos alcanzó la posada donde tomábamos la cena.

A pesar de nuestros gritos, la vieja rusa se negaba a dejar su establecimiento. Nuestras llamadas latinas ahogaban sus maldiciones eslavas, pero la anciana no se doblegó. Las llamas de la vecindad lamían las tejas de la posada, cuando, en un acto de loca piedad, regresé al edificio decidido a sacar a la terca villana, de ser necesario a patadas.

No sé qué espíritu racional dejó de poseerme durante esos instantes, pero no pude contenerme. Habíamos tomado por la fuerza su hogar y habíamos tomado por la fuerza su comida y servicio.

La vieja había tomado refugio en la cava de la posada, rodeada de barriles de vino y de hidromiel vacíos. Se había acurrucado en una esquina, y oraba desesperadamente.

—¡Vieja estúpida! —grité—. ¡Te va a caer el edificio encima!

Traté de arrancarla de su posición postrada, pero la anciana gritaba, maldecía y me escupía. El humo comenzaba a invadir el pequeño sótano. Los ojos me ardían, llenos de lágrimas, y mi respiración se hacía dolorosa. La comezón en mi garganta se manifestaba en una tos que me hizo saborear parte de la comida que había ingerido.

La vieja sacaba fuerza de su flaqueza y se aferraba con fuerza sobrehumana a los barriles a su alrededor. La razón me exigía a gritos que abandonara a esta muñeca incomprensible y desdentada a su suerte, pero no lograba hallar la voluntad para hacerlo. Un sentimiento, quizá de caballerosidad, quizá de virilidad, o quizá de puro orgullo al no poder arrastrar a una septuagenaria, se apoderaba de mí.

Con un último tirón, logré desprender a la anciana. Con un último tirón y una enfermiza sensación de haber arrancado debajo de su piel algo. La vieja lanzó un aullido de dolor al tiempo que yo arrastraba su cuerpo, subiendo las escaleras que conducían a la planta baja. El humo saturaba el aire y las primeras llamas comenzaban a asomarse por encima de nosotros. Sentí que el cuerpo de la anciana se tensaba y una fracción de segundo después sentí un dolor agudísimo en mi costado izquierdo: al pasar junto a una mesa, la vieja había tomado uno de los cuchillos de pan y lo había clavado en mí. Gritando de dolor, solté su brazo y traté de cubrir la herida con mi otra mano. La vieja desapareció con una última maldición al tiempo que parte del techo encima de mí se desplomaba en una masa de tejas, maderos y llamas que una vez por todas bloquearon mi visión.

Andando lo más rápidamente posible, cegado por el humo y el dolor, alcancé la entrada de la posada y salí. A mí alrededor, los pocos soldados que no habían huido trataban estúpidamente de aplacar el fuego arrojando tierra a las llamas. Les grité que era inútil, pero no huí. Me detuve a unos metros de la entrada, contemplando la posibilidad de regresar al edificio en llamas y rescatar a la vieja idiota.

Pero el incendio avanzaba de forma imparable. Jamás había visto llamas tan hambrientas. En cuestión de minutos, la posada ardía como una gigantesca fogata. Las llamaradas que manaban de ella ya se habían posado en todos los edificios aledaños.

—Ni si quiera Dios nos quiere dar esta maldita ciudad —dijo un soldado a mi lado.

***

Napoleón en MoscúEl emperador contempla el fuego desde el mármol del Kremlin. Las llamas están a punto de sofocarse, porque ya no encuentran alimento. Cuatro días han bastado para reducir la ciudad a menos de un cuarto de sus edificios. La Armée se refugia en las poquísimas estructuras de piedra, las que sobrevivieron el fuego, y consume cuanto mendrugo halla a su camino. Los últimos residentes de la ciudad han huido, aquellos que han logrado escapar del fuego y de los ultrajes de los soldados. El panorama de la otrora poblada y ruidosa urbe se ve reducido a cientos de kilómetros cuadrados de cenizas y estructuras que colapsan con tan solo el soplo de un débil viento. Nuestras líneas de abastecimiento, las pocas que penetraban la estepa, finalmente han fallado por completo. La Grande Armée vivirá de ahora en adelante de lo que encuentre en este país.

Con un pañuelo que me cubre el rostro, superviso la fosa común que un pelotón cava. Españoles, portugueses, alemanes, austriacos, polacos, rusos y buenos hijos de Francia, todos toman el último reposo juntos en medio de un hedor que provoca desmayos a todos excepto a los más fuertes y a los cirujanos de campo. Hoy en la mañana he regresado a la posada de la vieja rusa. La he hallado, carbonizada, bajo pilas de ceniza y barriles de vino e hidromiel vacíos.

Hay rumores de que los rusos preparan un contraataque fulminante. Mis amigos que saben algo de táctica y estrategia dudan que rusos puedan preparar y movilizar un ejército que pudiese batirse con la Armée. Mis amigos que no saben ignoran estos optimistas vaticinios y tiemblan de horror.

El emperador no da la orden de retirarse.

Yo me encontraba terminando los trabajos de entierro cuando notamos todos al mismo tiempo que el trabajo era lo único que nos mantenía tibios. Los vientos otoñales habían estado tornándose más y más frescos durante los últimos días, pero esta era la primera vez que sentía la necesidad de mi capa. Recordé que Jean-Luc me había hablado de los inviernos rusos.

—No hay nada como ellos —decía—. Meás y los meados llegan al suelo en forma de hielo amarillo.

El invierno estaba aún a más de dos meses de camino, pero el horror de estar a más de mil kilómetros del país aliado más cercano, plantado cara a cara al invierno ruso, me hizo perder el balance durante momento.

Un amable cabo, cuyo hermano acabábamos de enterrar en la fosa, se acercó a mí y procuró asirme, seguramente pensando que era el cansancio lo que me tumbaba. A pesar del hambre, el hedor y el frío, los soldados aún creían que preservar el bienestar del cirujano era prioritario.

—Tranquilo —me dijo—. Y cuídese. ¿Qué haremos si usted estira la pata?

Pasan cuatro semanas más y el emperador por fin ordena la retirada. La ciudad, reducida al Kremlin y a unas cuantas docenas de edificios de piedra ennegrecida, se ha convertido en un páramo desolador en medio del lodo de la estepa. Casi medio millón de soldados cruzaron la frontera rusa hace casi tres meses. Habiéndose batido en combate una única vez, la Grande Armée emprende la marcha de retirada con menos de cien mil almas en sus filas. Hemos dejado un sendero de pestilencia, desertores, bandidos, bestias muertas, violaciones y fuego. El emperador sale de la fortificación que le ha hospedado estas últimas semanas, acompañado de su entorno.

***

Prianishnikov: Retirada de MoscúEl sitio donde Jean-Luc recibió el sable de un cosaco que casi lo mata era, cuando llegamos a él desde el oeste, un inmenso charco cuyas aguas, al evaporarse en el calor de medio día, formaban un sofocante sauna que se extendía por varios kilómetros. El lodo y la sangre se habían mezclado ese día, cuando la caballería ligera de las estepas rusas nos había emboscado. Nuestros invencibles cuirassiers eran completamente incapaces de darles alcance, y nuestra propia caballería ligera parecía hecha de plomo ante los cosacos veloces como el viento. Sus sables decapitaban a nuestros artilleros, degollaban a nuestros caballos y mutilaban a nuestros voltigeros como un jardinero que recorta el pasto.

Mientras repelíamos las constantes escaramuzas, proseguíamos la marcha a través de la sauna. La sangre en el lodo se evaporaba junto al agua. Respirábamos la sangre de cada uno de los muertos en estos lodazales.

Pero esto fue hace meses. El sitio donde Jean-Luc fue herido es ahora una estepa donde el pasto amanece cubierto de una fina capa de escarcha. Aún no neva, pero sabemos que el invierno nos persigue.

Hay frío, ahora ya no se le puede ignorar. Los vientos gélidos nos obligan a cubrirnos el rostro y nos impiden levantar la mirada. Mi buena capa aún me mantiene tibio, pero ya he tenido que tratar varios casos de resfriados, pulmonía y, en tres ocasiones, hipotermia. Los bosques de Vilna y de Polonia están aún a cientos de kilómetros de nosotros. Son territorio aliado, pero no importa, porque los rusos han cerrado los caminos a nuestros flancos. Norte y sur. Ya no somos libres de movernos por donde queramos. Los rusos nos empujan en la dirección que ellos desean. Por cada eslavo que muere a manos de un francés, tres toman su lugar. No importa que las escaramuzas sean ligeras, estas ocurren todo el tiempo.

Todo el tiempo.

Mi buen caballo, el que había tirado del único vagón de cirujanos que quedaba, ha sido sacrificado. La bestia estaba demacrada pero viva, y aún cumplía con su deber. Pero los soldados están hambrientos. La Grande Armée, cuya caballería pesada ha hecho templar a cientos de miles de tropas ligeras en los campos germanos, ha perdido finalmente al último de sus caballos. Hemos dejado a nuestro paso doscientas mil bestias muertas.

Yo me encontraba desahuciando a un soldado con una severa pulmonía cuando los cosacos regresaron. La madrugada había sido la más fría de la semana. El general Enero cobraba él solo a cientos de víctimas todos los días. Yo no hacía más que administrar aguardiente y, si el soldado sufría mucho, los míseros gramos de opio que aún conservaba. Mi sierra era el único instrumento que se mantenía más o menos intacto, porque si un raso resultaba herido de tal modo que necesitara una amputación, el raso debía considerarse irremediablemente muerto. Mi delantal estaba ennegrecido de pólvora y sangre, pero la poca agua que teníamos la debíamos guardar para los soldados. Los riachuelos que nos aliviaban del calor durante agosto se habían helado tanto ya que no soportaba meter las manos al agua para lavar nada.

El cabo cuyo hermano habíamos enterrado en la ciudad entró a mi tienda y grito:

—¡Cosacos!

Esto fue suficiente para hacer que mi pobre paciente expirara de horror en mis manos.

La pelea fue corta y violenta. Las formaciones defensivas de la Armée eran, para entonces, ampliamente conocidas por los cosacos. Si estos jinetes hallaban algún destacamento que se hubiera alejado demasiado del cuerpo principal, liquidaban hasta al último soldado sufriendo poquísimas bajas.

Durante la mañana día siguiente me enteré del porqué del repentino ataque. Habíamos llegado al Berezina y los rusos nos esperaban.

Los hijos de Francia y sus aliados lucharon con un valor que no parecía el de un ejército reducido a menos de un sexto de su tamaño en una campaña de tan solo ocho semanas. Pero el precio fue altísimo. Éramos pocos al inicio de la batalla, ahora somos menos de la mitad. La Grande Armée, careciendo de caballería pesada, careciendo de caballería ligera, careciendo de artillería, careciendo de cuerpo de ingenieros y rodeada por las masivas filas de los rusos ha intentado cruzar el río Berezina. Lo ha logrado, apenas.

Pasan dos días después de la batalla. El cabo cuyo hermano enterramos en la ciudad se ha vuelto mi amigo. Por lo menos tenemos algo dolorosamente en común. Marchamos juntos, tirando de los restos de mi vagón, que hubo de ser desmantelado porque no contábamos con un caballo que pudiera tirar de él. Circula un rumor tan desmoralizante, tan cobarde, tan irreal, que si hallara a quien lo ha creado me aseguraríá de atravesarlo con mi estilete. Los soldados murmuran entre sí, los que quedan. Pero los oficiales los mandan a callar. Los oficiales, sin embargo, son apenas distinguibles de los rasos. Sus uniformes están rotos y descolorados. Ya no pueden pavonearse a caballo y muchos han optado por remover el plumaje de sus cascos, so pena de convertirse en los blancos favoritos de los cosacos.

Se corre la voz, y no es tan difícil de comprobar la veracidad de lo que se dice, pues si ver al general al principio de la campaña hubiera sido una proeza en medio de la muchedumbre que marchaba bajo su ala, la turba que se mueve a través de la estepa es difícilmente un obstáculo. Suenan algunos tiros desde la columna del frente, pero no se trata de una emboscada por parte de los cosacos. Se trata de soldados de la Armée que han tomado su vida, desperdiciando las pocas municiones que nos quedan, en un último acto de desesperación. Parece ser que el anuncio oficial se ha dado.

Allá en Francia, de ensueño, un grupo de patriotas ha tratado de tomar el control del imperio. Han tratado de decretar un nuevo gobierno. Por ello el emperador ha huido. Se ha enterado de que ha habido un intento de deponerlo y ha partido como el viento en dirección a Francia. Ha abandonado a la Armée a su suerte. Ha tomado su propio caballo y a unos cuantos oficiales de su entorno y ha partido como el viento en dirección a Francia. Maldito sea el emperador.

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