Remolcado

Mi llanta delantera derecha amaneció completamente desinflada. Ya desde hace varios días que amenazaba con hacerlo. Los minutos que me había ahorrado limitando el desayuno a una taza de café los perdí instalando la llanta de repuesto. Doce horas después, después de un día normal de manejo en la ciudad de Guatemala, volvía a casa cuando mi llanta delantera derecha volvió a hacer de las suyas y estalló. A media avenida Reforma.

Si algo bueno puedo decir al respecto, es menos mal fue a las 8 de la noche y no a las 6.

Tratando de mantener la cabeza en su lugar, a pesar de los bocinazos y los maltratos, logré estacionarme precariamente a orillas de la avenida. Ni las calles y las carreteras de Guatemala tienen ese conveniente carril de emergencia que es ubicuo en los demás países civilizados. Al no hallar el trifoliar que me hubiera indicado el número de emergencias con el que mi seguro cuenta, tuve buscar el teléfono en Google. Bendito sea Google.

Lo primero que hizo la señorita que me atendió fue preguntar mi nombre y la causa de mi llamada. Ignoré la primera pregunta y me limité a explicar que me mi llanta había estallado a medio camino y que no contaba con una de repuesto. La señorita entonces me indicó que “contábamos”, como si el problema de las llantas fuera de alguien más que yo, con dos opciones: me dijo que podíamos llamar a un “técnico automotriz” que prontamente se desplazaría en motocicleta al lugar del incidente y trataría el problema de la llanta, o que podíamos contactar a una grúa que gustosa y gratuitamente me llevaría a mí y a mi carro hasta mi hogar. Juzgué ingenuamente que la primera opción era la más adecuada y me senté a esperar la llegada del técnico automotriz.

Tras diez minutos de espera, me asaltó un temor que me obligó a llamar al seguro de nuevo. Cuando la señorita me contestó, de nuevo preguntando mi nombre y el motivo de la llamada, expliqué rápidamente que de nada serviría que el técnico se presentara si este no traía consigo una llanta de repuesto, pues el presente problema no consistía en que yo no fuera capaz de cambiar una llanta sino en que no había una llanta que pudiera utilizar de reemplazo. La señorita me explicó que estaba al tanto del problema, que Milton, el técnico automotriz, tomaría mi llanta desinflada y la llevaría al Pinchazo más cercano (cuyos servicios, obviamente, debía pagar yo), la repararíá y volvería al sitio del incidente.

El Pinchazo más cercano cercano a la avenida Reforma estaba en el Trébol, al final del bulevar La Liberación. Un bello lugar, sucio y carente de iluminación. Me rendí ante la evidencia de que esperar a Milton no había sido la mejor de las opciones y juzgué prudente solicitar el servicio de grúa. La señorita replicó que con mucho gusto cancelaría el envío del técnico automotriz y que de inmediato solicitaría el envío de la grúa.

Quizá Milton, el técnico automotriz, hubiera tenido una historia también, pero esta noche escuché la historia de Mynor.

Mynor es un hombre de mi edad, aunque mientras más distinto es el fenotipo de una persona al de uno mismo más difícil resulta estimar una edad. Mynor maneja la grúa que pertenece a una compañía afiliada al seguro. Proviene de Petén y se mudó a la ciudad en busca de trabajo y ambientes donde los narcos no abunden.

Como su trabajo lo requiere, Mynor conoce muy bien la ciudad de Guatemala, así que cuando le indiqué que debíámos dirigirnos a la zona 7 de Mixco, comprendió sin vacilación la ruta que debía tomar. Accionó el motor remolcador de la grúa, alineamos el carro, lo subimos al camión y emprendimos el viaje.

El viaje duró una hora. Al tomar mi asiento, lo primero que oí fue la radio cristiana que llenaba el recinto de alabanzas y salmos en una voz forzadísima que daba gloria al Señor. Afortunadamente, Mynor no tenía el radio a todo volumen, lo cual permitía que se diera la conversación entre nosotros.

Al hacer notar yo que mi casa quedaba lejos del sitio del incidente, Mynor observó que era bastante común para ellos, los conductores de grúas, el hacer largos recorridos y que este no era mucho más largo que el promedio.

-Por lo menos no me toca ir a carretera a El Salvador -me dijo.

Cuando pregunté si su renuencia a tomar la carretera panamericana en dirección sur ser debíá a la distancia que debíá recorrer me contestó negativamente y dijo: «Es que allá uno se topa con cualquier clase de gente».

-Cuando un mi cuate tuvo que ir una vez a una casa allá en Carretera, tenía que meter la grúa a un condominio. Mi cuate tuvo que dar la vuelta en un espacio así, -dijo separando a penas los dedos índice y pulgar-, y en lo que daba la vuelta, ¡ras! pasó rayando un carro que estaba poraí. El dueño y su hijo se bajaron del carro y, viera usted, sin decirle nada se le tiren encima y le parten la cara al patojo.

¿Al patojo?

-Simón, si el chavo tiene como veintidós años, y viera que así se le tiran encima. Todo hinchado y con el labio reventado regresó mi cuate al taller. Ni chance le dieron de explicarles que el seguro lo cubre todo, que el seguro asume la responsabilidad.

Era una experiencia más bien intimidante ir en un camión donde el motor se encuentra debajo de la cabina y no frente a ella. Cuando Mynor se detenía ante un bus, se podía leer lo que el pasajero de hasta atrás iba texteando.

-Uno nunca sabe con quién se topa en la calle -dijo Mynor. -Hay mucha gente en la ciudad.

Cuando pregunté de dónde era él, contestó: «de mi pueblo allá en Petén». Cuando pregunté por qué habíá decidido venir a la capital, contestó: -Pues ahí, me vine para trabajar y para estar lejos de los narcos-.

Mynor relató cómo había decidido buscar empleo en la ciudad, ruidosa, estresante y malagradecida, porque estaba simplemente harto de los narcos.

-Viera usted, si a veces llegan ellos y secuestran a las gentes de sus pueblos para llevárselos a trabajar con ellos. Se los llevan al norte y ya no los devuelven. Vienen de México, bajan a los pueblos del norte y se los llevan.

Dije entonces que no me podía imaginar lo feo debía ser vivir bajo el imperio de los narcos. No recuerdo cómo, uno de nosotros, tampoco recuerdo quién, mencionó la masacre de campesinos en Los Cocos. Mynor suspiró.

La masacre de campesinos se refiere al asalto a la finca Los Cocos, Petén, el 14 de mayo de 2011, donde un grupo de narcotraficantes liquidaron a veintisiete trabajores, los decapitaron y pintarrajearon con su sangre la pared frontal del casco de la finca.

Mynor guardó silencio un momento. No me atreví a seguir con el tema, pero fue él mismo quien prosiguió: -le voy a contar algo -me dijo-, yo conocí a esos hombres.

-Una vez un mi cuate me prestó su moto para moverme en allá en Flores y mira usted que justo ese día me cae la policía pidiendo papeles. ¡Y yo sin licencia y sin la tarjeta de la moto! Total que la policía me confiscó la moto y me llevó a la cárcel.

Mynor, que hasta el momento no habíá variado mucho el tono de voz de desde que partimos, dijo con resentimiento: -En lo que se averiguaba, pasé dos meses encerrado. Por andar sin papeles en una moto. En lo que se averiguaba.

-Pasé dos meses encerrado a lado de cualquier clase de maleante, ahí mismo habíá uno de ellos, los narcos que mataron a los trabajadores. Fíjese que hablaba con acento mexicano. Me dijo que venía de Veracruz. Y me dijo que debíá pagar mil quetzales si quería que no le pasara nada a mi familia, al nomás entrar.

Pregunté si habíá pagado. Me contestó que sí. Pregunté cómo había pagado, pues supuse que no había ingresado al preventivo con mil y pico quetzales en la bolsa. Mynor me indicó que el extorsionador le habíá provisto de un número de cuenta a la cual debía hacer la transacción. Su familia habíá entonces unido recursos y habíá pagado su propio rescate.

-Fíjese que teníá que inventarme cosas peores que las que en verdad habíá hecho, porque si no, a saber que le hacían a uno. Había secuestradores, narcos, ¡y yo solo por andar sin papeles! Entonces tenía que ver qué les decíá para que no me hicieran nada-. Observé que se guardaba de decirme qué había tenido que inventarse.

»Uno de ellos, el que le decía que sonaba de México, me contó que él había estado en la masacre de los campesinos. Me contó con detalle cómo le habían hecho. Me contó que usaron motosierras para decapitarlos. Imagínese, con motosierras. Y me lo contaba como si nada. Ahí, sentado en el patio. Uno los miraba, tatuajes por todos lados, que ni la cara se les veía. Otros no andaban con tantos tatuajes.

Claramente Mynor no quería proseguir. La conversación habíá fluído con naturalidad, ni siquiera recuerdo cómo llegamos al tema. Sin embargo, en retrospectiva, veo que esto no era algo que el piloto quisiera discutir. No insistí al ver que Mynor ya no continuaba su relato.

La subida a mi casa es larga y con poca iluminación. Mynor se hallaba un poco nervioso, no por la oscuridad, sino porque no veía una calle lo suficientemente ancha como para voltear el camión y volver a la ciudad. Le aseguré que en las cercanías a mi casa no había muchos carros a orillas del camino ni cabrones que dieran riata sin preguntar. Creo que el chiste no le hizo mucha gracia.

Afortunadamente, al llegar al portón de mi casa, Mynor no tuvo dificultad para hacer girar el camión. Descargamos el carro y yo corrí a la cocina para regalar al piloto cualquier cosa que hallara en la refrigeradora. Su celular acababa de revelarle que debíá hacer un último viaje antes de que acabara su turno. A Patzicía, Chimaltenango.

-Y a saber dónde queda eso, usted. ¿Patzicía? Y encima, ¿dónde en Patzicía?

Mynor se despidió de mí agradeciendo la botella de té frío que le había obsequiado y mordiendo la manzana que le serviría de bocadillo mientras trazaba su ruta Chimaltenango. Subió a su camión que rechinaba un poco en los frenos y tintineaba un poco en las cadenas. Las potentes luces con las que su motor remolcador inundaba el área de carga se apagaron y el piloto emprendió el camino a Patzicía, dejándome a mí a mi carro, con su llanta pache, depositados en mi hogar, donde no hay cabrones irascibles que golpeen a la gente sin mediaciones ni narcos que secuestren a aldeanos para llevárselos a trabajar al norte.

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Un comentario en “Remolcado

A ver, contame

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